viernes, 11 de diciembre de 2015

Atardecer

Los últimos rayos de sol se filtraban en la penumbra a través de las gruesas cortinas, cerradas casi por completo sobre el ventanal. Atravesaban pesadamente el humo que ocupaba todo el salón para terminar cayendo sobre el cenicero repleto, que aguantaba estoicamente junto a un par de botellas vacías en la mesa, y el suelo oscurecido por una alfombra raída que, muchos años atrás, podría haber servido de colchoneta en un catre militar o carcelario.

Seguía sonando la música de los créditos de una película, pero lo único a lo que prestaban atención mis tímpanos era a la respiración tranquila que sentía sobre mi pecho. Seguí acariciando ésa cabeza, a través de una melena sin color determinado, durante unos minutos más, hasta que todos los colores de la estancia se convirtieron en una escala de grises, matizados sólo por la negrura de las sombras que poco a poco, habían conquistado todo.

No había luna ésa noche, y la farola más cercana apenas se divisaba al fondo del camino, justo cuando comenzaba la parte asfaltada de la calle que llevaba al pueblo. Con la máxima delicadeza intenté dejar ésa cabeza, aparentemente dormida, sobre el sofá, tratando de no perturbar ése descanso tranquilo y calmado. Con suavidad, aquella cabeza empezó a girar para buscar mi mirada, con suspiros y poca prisa, y en un ronroneo dijo "Hola", y cada una de las cuatro letras supuraba amor.

Con mi respuesta iba una sonrisa, e inmediatamente después, un beso que volvió a fundirnos las pieles. Un nuevo abrazo, exactamente como todos los anteriores, y exactamente diferente a todos los venideros. Un abrazo que rebosaba pasión, sentimientos de ternura y fogosidad, evocando la última vez que estuvieron haciendo el amor, apenas dos horas antes, y prometiendo una nueva ocasión de fundir sus cuerpos en uno sólo, voluptuoso y rítmico, acompasado con los latidos desbocados de dos corazones que laten al unísono.

Lentamente nos fuimos separando de nuevo, y mientras ella se levantaba, cubriéndose el cuerpo desnudo con una bata para ir al baño, aproveché para liarme un nuevo cigarro y poner otra cosa en la TV conectada al ordenador. ¿Vídeos de monólogos, algún concierto en directo grabado antes del nacimiento de internet, las noticias? Opté por la última opción, más que nada por ver si había alguna novedad en el mundo que valiese la pena saber. Tres días llevábamos allí, y tres días en que no había sentido la necesidad de saber nada de lo que sucediera fuera de aquellas paredes. Ella salió del baño, y de repente...








                                      ... el resto del mundo volvió a importarme nada.

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