miércoles, 2 de diciembre de 2015

Conquistando la imaginación

Es paradójico, cuando menos, que el lugar más inaccesible para una persona sea su propio cerebro, el origen de fantasías y limitaciones, nuestro más poderoso órgano y peor enemigo (o mejor aliado).

Imaginemos cómo podríamos llegar a la parte del cerebro encargada de imaginar. Imaginemos un pasadizo justo detrás de nuestra oreja derecha por el que poder entrar, con nuestros miedos e inseguridades a cuestas. Imaginemos que el pasadizo se va estrechando y nos fuerza a soltar nuestra carga poco a poco, hasta que sólo queda nuestro yo desnudo, cubierto únicamente por una sonrisa que nos protege del viento que sopla en nuestra cabeza, el aire de la sabiduría sopla hacia fuera, pretende echarnos de nuestra propia cabeza.

Aguantando el vendaval de la inteligencia podremos traspasar la cortina que nos separa de nuestros sueños, aunque será mejor no hacerles mucho caso si queremos llegar triunfales a nuestro destino último. Los sueños nos seducirán, nos mostrarán lo que queremos conseguir, pero no es real. Nuestros anhelos seguirán lastrando nuestros pies, porque siguen siendo sueños, y como tales, inalcanzables, pero la imaginación es mucho más que sueño y fantasía, es lo imposible y lo inesperado, lo inabarcable de un mínimo punto en un océano salvaje. Por eso no debemos regocijarnos mucho en la parte de los sueños y hemos de continuar el avance.

Quizás sea necesario cabalgar los impulsos neuronales, o puede que sea más efectivo utilizar un hábil truco de magia que nos permita reubicarnos en el centro mismo de la imaginación. Tal vez podríamos esperar a las migraciones de jirafas para montar una, o descender por el río nervioso sobre un junco sensitivo.

Como quieras llegar a tu imaginación es sólo cosa tuya, el camino que escojas puede no estar en un pasadizo tras tu oreja, y puede que ni siquiera estés interesado en llegar a tu imaginación porque tu anodina vida te sacia, pero yo seguiré reivindicándola, buscándola día y noche para no ser noche y día otro esclavo de la rutina.
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