jueves, 25 de febrero de 2016

Gallinero

Hay días, por suerte pocos, en que mi oficina parece un alojamiento para gallináceas. Cacareos al teléfono rozando el griterío, conversaciones de lado a lado de la oficina que tienen que subir el volumen para escucharse en vez de levantarse y acercarse para hablar sin tener que dejar sordo a nadie.

Una visita a fulanito, que claro, como llevan años sin verse, tiene que enterarse todo el mundo. Otro teléfono sonando insistentemente decide unirse al guirigay general, la persona a la que se dirige la llamada no está y nadie más está autorizado a levantar un auricular ajeno, no sea que le enmarronen.

Los de la sala de videoconferencias tampoco pueden guardar la compostura manteniendo bajo el volumen, porque no se enterarían de lo que dicen las personas al otro lado de la pantalla, así que deciden compartir con el resto del caos universal el tema de la reunión, varias conversaciones simultáneas y un pitido que indica que, algún participante, tiene un acople entre el micro y el altavoz. El eco solapado hace que no soporte más el ruido, creo que si me pusieran el portátil en una mediana de la M-30 tendría más tranquilidad.

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