martes, 23 de febrero de 2016

Oficina y letras

Se me va escurriendo la pereza mañanera al ritmo que brotan los árboles, entre el caliente café de máquina y los refrescos de páginas y feeds. Tuiter deja que el TL se derrita entre indignación, política y tonterías humorísticas que laceran la libertad de expresión, sirviendo de excusa para que la censura cercene poco a poco los pocos logros que consiguieron nuestras generaciones anteriores.

Entre las pocas tareas que voy manteniendo, y el disimulo extremo para navegar por páginas "no laborales", resulta que ahora tengo a la gente que me manda ésas tareas a la espalda, con la jefa incluída en el pack. Desde el viernes pasado tengo que simular mejor un trabajo que no hago realmente. Salvo en ciertas ocasiones, la verdad es que me paso el día en Internet, calculando la siguiente pausa para el cigarro y esperando con desesperación que llegue la hora de salir...

A resultas de los cambios internos, resulta que también tengo que salir más cerca de mi hora, en lugar de huir persiguiendo la juventud arrebatada bajo los tubos fluorescentes, aunque tengo bastante claro que los viernes seguirá siendo, para mi, jornada intensiva. Salvo alguna excepción esporádica, a las 16:00 de los viernes sólo quedamos en la oficina unas 10 personas: los de seguridad, las de la limpieza, y el menda.

Ya casi he conseguido dejar de bostezar, supongo que el cuarto café ha conseguido lo que no consiguieron sus antecesores, así que va siendo ya hora de pensar en ése cigarro suicida, salir disimuladamente de la oficina y descubrir cuánto tiempo puedo estar ausente sin levantar sospechas. Tal vez, al pasar por la máquina de café, sacar otro para acompañar al cilindro nicotinado. ¿Debería buscar algo en Internet antes? ¿Me arriesgo y abro el Caralibro fugazmente? ¿Hago una visita al señor Roca y le mando, desde su despacho, un fax al rey?

El aburrimiento se hace fuerte, la desidia va tomando decisiones desde hace días, y escribir parece ser lo único de utilidad que hago en todo el día. Escribir y leer prácticamente todo lo que cae delante de mis ojos. Imagino en ocasiones cómo sería un libro con mi nombre en portada, con un montón de páginas llenas a rebosar de palabras, con todas sus letras en orden, diciendo cosas...

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