sábado, 31 de octubre de 2009

Lo prometido está aquí

Bueno, en mi primer sábado en mi nuevo curro (ya os digo que no es el curro de mi vida) como operador de sistemas en la Consejería de Sanidad y Consumo, aprovecho el ratejo para contaros, oh astutos lectores, nuestras peripecias por Marruecos… vamos, no seáis tímid@s y continuad la lectura.

Llegamos al aeropuerto de Tánger e intentamos compartir un taxi con otra pareja de viajeros. Los 5 ó 6 taxistas nos empezaron a decir que no se podía compartir, ni regatear el precio: hay una tarifa estándar que son 100 dirhams hasta el centro de Tánger. Accedimos, y en el Mercedes de hace más de 25 años se caían las piezas: el salpicadero iba más tiempo sujeto por la mano del conductor que libre para golpear rítmicamente el velocímetro (que no funcionaba al 100x100 porque no marcó más que 4 ó 5 kilómetros de los 15 que nos separaban de nuestro destino).
Al bajarnos en Tánger con las mochilas, nos costó que nos indicaran, mapa en mano (incluído en un panfleto en la oficina de turismo de Marruecos en Madrid) cómo llegar al centro neurálgico. Por suerte (o desgracia), Nordín nos salió al encuentro: un chaval de unos 30 años, con una bonita cicatriz cruzándole la nariz y numerosos tatuajes talegueros, que nos acompañó hasta el hotel y se cruzó, “casualmente”, con nosotros cuando salimos a reconocer las cercanías. Nos cogió e hicimos un tour completo del zoco: los distintos mercados que conviven dentro según lo que ofertaban (animales, pescado, frutas y verduras, contrabando Ceutí), la cantidad de gente que puede llegar a caminar por unos pasillos tan estrechos, los telares “remendados” desde hace más de 100 años (una pieza original, una pieza reciclada hace unos días). Por la Medina, bajamos casi hasta el puerto, subimos casi hasta la Kasbah, nos dimos un buen paseo los tres, mientras Nordín nos ofreció unos dátiles (estuvimos los últimos días del Ramadán, y Nordín no comió, ni bebió, ni fumó mientras estábamos haciendo el recorrido), nos contaba un poco su vida, preguntaba sobre la nuestra… Al final nos pidió un favor, que le compráramos leche para su bebé, pero tras 2 farmacias donde no encontró la que buscaba, le dimos 10 €uros y recibimos un “sucram” (N. del T. Gracias).
Volvimos a verle por la noche, nos acompañó a la playa y al ir a cenar no le convencía el sitio que eligió Lau, quería llevarnos a un sitio mejor, donde comía él y no sé qué. Como no quisimos, le ofrecímos cenar con nosotros, se negaba, comería un bocadillo un poco más allá, pero tenía que pagárselo yo. “No amigo, yo te invito a cenar conmigo, si quieres cenar un bocadillo tendrás que pagarlo tú”. No volvimos a cruzarnos con él.

Al par de días más en Tánger siguió un viaje (ésta vez sí, en un taxi colectivo) hasta Tetuán para seguir a Chawen, pero antes, ¡sorpresa! Nos habían hecho el truco con el precio del taxi hasta Tetuán y habíamos pagado más del doble de lo que nos correspondía (nos lo dijo un chico que vivía en Getafe pero estaba visitando a la familia). Nos subimos en otro taxi colectivo, y nos fuimos para Chawen, donde nos esperaba una fina lluvia y otra aventura.

No tardamos en dar con la entrada a la Medina, donde estaba nuestro hostal, y no llevábamos 30 segundos dentro, cargados con las mochilas, cuando ya nos dijeron que éramos de Vallekas. Nos tienen calados. Mohamed nos llevó hasta el hostal, pasando por la Plaza, y luego nos acompañó hasta la cooperativa artesana. Alfombras, mantas afrodisíacas, cerámicas, pulseras y pendientes, dagas… y nos tomamos un café (el primero del día desde que salimos de Tánger) a cargo de la casa, ya que es costumbre agradar a las visitas con un té o café.
Chawen (Chefchaouen) es uno de los pueblos más bonitos en los que he estado. Un laberinto de callejuelas azules, empedrados en lugar de asfaltos, niños jugando a las canicas, gente paseando o haciendo la compra, un aroma distinto cada 2 calles gracias a los puestos de venta ambulante y los hornos familiares, amabilidad y sonrisas donde fueras, “holas” de todos los tamaños y colores, terrazas frente a la Al-Kasaba, colores y más colores destacando contra fondos azules… Y las ofertas del mejor hachís y kifi cada dos metros. Fue complicado decir cada 2 por 3 “no gracias, estoy dejando de fumar”. Chispeaba un poco, salía tímidamente el sol, volvía a chispear. Tuvimos un clima caprichoso con temperaturas agradables, por la noche refrescaba, por el día no lo sabía nadie. Desayunos pantagruélicos por menos de 2 €uros con té o café, tostadas, zumo natural y mantequilla de verdad, con mermelada o miel de verdad, y las vistas incomparables de la montaña.
En una tienda, un señor medio bereber, medio touareg, nos contó el significado de la brújula bereber, que usaban para orientarse en el desierto, como calendario, como símbolo protector…
Y luego estaba el señor Ibrahim (no el de las flores del Corán), que tiene la tienda “La vida colorada”, que ha salido en Canal+, que le conoce todo el mundo… Un tipo espídico, que avasallaba un poco con abrazos y besos cada 30 segundos, pero que nos cayó muy bien y nos enseñó casi todos los productos de su tienda, nos recitó todas las especias que había en una pared y qué efectos tenían o para qué se usaban. Hicimos compra de especias, tras un regateo que alabó Ibrahim (dijo que Lau regateaba como las mujeres bereberes), porque nos largábamos a Asilah.

Taxi colectivo a Tánger, taxi colectivo a Asilah, caminamos a la Medina acompañados por un par de Yonkers que fueron diciéndonos los famosos españoles que tenían casa allí, y que no había hoteles ni hostales porque la gente se iba fuera por el Ramadán. Por suerte ellos conocían algunos sitios en la Medina que alquilaban habitaciones (caros y con más roña que el último Ortigueira) y una señora que alquilaba una casa entera. Nos quedamos en la casa, previo pago de 200 dirhams y “prestamo” de mi pasaporte, pero nos quedamos encerrados. Teníamos una llave de la puerta de entrada, pero por dentro no había picaporte, y la llave no giraba. Por un ventanuco, Lau consiguió que un señor nos ayudara. Le pasamos la llave y nos abrió, y nosotros salimos en dirección a la casa de la señora Fátima, dispuestos a cantarle las 40 y recuperar mi pasaporte. La señora, de origen belga pero casada con un marroquí que llevaba nosecuántos años muerto, estaba enferma y le costó abrirnos, y a base de frases en inglés y una carretilla de gestos, recuperé mi pasaporte a cambio de mi DNI. Nos acompañó una chica (¿sobrina?, ¿nieta?, quién sabe) y nos enseñó cómo abrir la puerta desde dentro.
Paseando encontramos el hotel Sahara, barato, limpio, tranquilo y agradable, es decir, todo lo contrario que la casa que alquilamos. Cuando nos cruzamos con el yonker que nos recomendó la pocil… la casa, y quiso que le invitáramos a algo o le diéramos una propina, se lo dejamos claro: “ni nosotros hemos hecho buen trato, ni tú nos has hecho ningún favor, un cigar y vas que chutas”.
Asilah celebra todos los veranos un festival de arte, y pintan murales por toda la Medina (colgaré las fotos en Fliquer), es una fortaleza costera, con un aire andaluz, y muchos más yonkers que Tánger (al menos proporcionalmente). Era más caro que Tánger o Chawen y no nos terminó de convencer.
El último día lo pasamos, one more time, en Tánger, haciendo las compras de última hora y alojándonos en un hotel con habitaciones como de puticlub: terciopelo rojo en la colcha, paredes rojas barnizadas (para limpiar las posibles manchas), sábanas rojas y una lámpara con bombilla (exacto, lo habéis adivinado) roja.
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