martes, 4 de enero de 2011

Paseando por el cono Sur (y IV)

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Qué bonito es Chile...

Mirad, allí parece que venden algo rico...

¡Venga! Coged las mochilas que nos tenemos que ir...

¿Por que mé llamas zorra?...

Bueno, basta de chorradas (sí, como si fuera tan fácil), nos habíamos quedado llegando a Uyuni, donde enlazaríamos con un autobús hasta Potosí, donde nos esperaba el papá de Gabi con la reserva de hotel. El camino, las 6 horas, fueron muy "divertidas", con el mismo bucle de música local una y otra vez, y otra, y otra, y otra... llegamos a Potosí sobre la una de la madrugada, y nos fuimos directamente a la habitación del hotel, a dormir, no penséis mal.
Ya por la mañana, y mientras desayunaba en la azotea mientras Lau se daba una bien merecida ducha, aparecieron Gabi y su padre con la noticia de que había paro en Potosí. Un paro es como una huelga general, la diferencia es que se sabe cuando empieza, pero no cuando termina (bueno, cuando una de las dos partes interesadas cede ante las peticiones o negaciones de la otra). Era por no sé qué derechos de los mineros o algo así, ya no lo recuerdo muy bien, pero el caso es que se cerraban todas las actividades laborales de la ciudad. Y cuando digo todas quiero decir todas: no había transporte, ni comercios abiertos, ni hostias. Lo que en Europa venimos a llamar una señora huelga general indefinida. Ante la perspectiva de quedarnos incomunicados en Potosí, optamos por coger el primer autobús de vuelta a Uyuni, que resultó ser el mismo que nos trajo la noche anterior (bendita suerte). Llegó con bastante retraso debido a las condiciones meteorológicas que detallaré más abajo (si no os aburrís de leer), pero conseguimos montar con el equipaje y el almuerzo que habíamos comprado en un mercadillo cercano. Y básicamente eso fue lo que vimos de Potosí, por lo que tenemos una futura visita con más calma para ver la que fuera ciudad más rica del mundo: el Cerro Rico (Sumaq Orcko en quechua) fue el motivo de fundación de la ciudad, una montaña repleta hasta las trócolas de vetas de plata, que los españoles se encargaron de explotar durante cienes de años a costa de la vida de 8 millones de mineros desde el comienzo de la explotación hacia 1545. Además de plata se han extraído otros minerales, y según se dice, con la plata extraída (unas 31 mil toneladas hasta 1820) se podría hacer un puente entre Potosí y París. (Para más info -> http://es.wikipedia.org/wiki/Potosí y en -> http://www.rodadas.net/2010/11/17/las-minas-de-potos/ ).
Bueno, decía que el autobús llegó tarde por el clima, y efectivamente, la tormenta de viento y arena que nos pilló a medio camino fue tremenda: el autocar estaba lleno de polvo, no se podía ver más allá de un metro hacia fuera (todo era arena y viento), y el autobús se movía como si lo zarandeara una multitud enfervorecida. Por fortuna, conseguimos llegar a Uyuni one more time, para encontrarnos con otra grata sorpresa: no había luz en todo el pueblo. El aire había tumbado un par de postes del tendido eléctrico, y lo único que funcionaban eran los generadores de algunos comercios y las velas de los demás. Alquilamos una habitación tras intentar en vano continuar el viaje, con la gente de la agencia de tours, hacia San Pedro de Atacama, y nos fuimos a pasear. El viento era un poco menos desagradable, y la cena la tuvimos de una forma muy romántica, a la luz de las velas y con las calles oscuras pero tranquilas. Un montón de turistas y viajeros estaban en la misma situación, y como lo único que funcionaban eran las cocinas de gas, tuvimos que esperar un rato largo hasta que pudimos, finalmente cenar. La espera se hizo llevadera con un té de coca, y unas frases cruzadas con un chaval yanqui que llevada un par de meses viajando por latinoamérica, aunque enseguida se cansó de que habláramos en castellano y amablemente se despidió.
Al día siguiente, bajo la amenaza de no haber gasolina porque seguíamos sin luz, desayunamos y comimos hasta que llegara el 4x4 con el que volveríamos a San Pedro, charlamos con la gente que nos acompañaría (una maestra chilena y una parejita francesa), y en mi caso, me fumé hasta los pelos del Ohio. Los de la agencia nos dijeron que la gente que vino con nosotros (las brasileñas, los holandeses y demás), habían tenido que pernoctar en mitad del desierto porque el viento les había roto los cristales del todoterreno (de hecho nos dijeron que les levantó hasta la pintura de las carrocerías), y que habíamos tenido suerte de no ir con ellos. Finalmente, se consiguió la gasolina y emprendimos la marcha. Ya entrada la noche llegamos al hotel donde cenaríamos y dormiríamos, en un pueblecito llamado San Noséqué (Aviso: el nombre puede no ser real), pero no iba a ser tan fácil. Había que cruzar un riachuelo helado, y en el primero paso había un par de coches atascados, y en el segundo paso, nuestro todoterreno dio con el paragolpes en una piedra. Cuando llegamos al hotel, tenía unos trozos de hielo del tamaño de zapatos colgando, y las barras de acero estaban dobladas. Cenamos una sopita, y disfrutamos de 5 ó 6 horas de sueño en una habitación donde podrían criarse pingüinos. A la mañana siguiente, rumbo a la frontera con Chile, fuimos casi más pendientes del nivel de gasolina que del paisaje... bueno, no, íbamos flipando con el paisaje y con las anécdotas de la maestra. En la frontera nos recogió Alfredo, tras meternos un buen y caliente desayuno (tés, cafés, bollitos y toda la parafernalia), y regresamos a nuestro viejo conocido San Pedro de Atacama. En el control de aduanas nos volvieron a sellar los pasaportes, nos revisaron el equipaje por rayos X, y Lau tuvo un pequeño susto con unas galletas que venía comiendo y que habíamos comprado en Bolivia.
Nos alojamos en el Youth Hostel el par de días que estaríamos por allí, un sitio muy agradable, con un patio común donde tomábamos el solecito matinal con el resto de viajeros y desayunábamos muy bien. Volvimos al Pukará de Quitor, paseamos y vimos muchos puestos de artesanía. Estuvimos comiendo en un restaurante con la gente del pueblo y los músicos que amenizaban las veladas en los demás restaurantes, volvimos a tomar café en el restaurante vegetariano... Y nos fuimos a Calama para coger el avión que nos devolvería a Santiago de Chile.
De vuelta en Santiago de Chile, teníamos reservado un hostal relativamente cerca del barrio de Bellavista, donde estuvimos comiendo el día en que nos volvíamos a España. Bellavista es un barrio para disfrutar caminando: murales y graffitis alucinantes, restaurantes y bares típicos, muchísima gente (como en todo Santiago), y un ambiente para vivirlo. El hostal era un chalecito, con su jardín y su piscina (que por motivos obvios no disfrutamos), con su agua caliente y su desayuno pantagruélico. Nos fuimos de compras, casi perdemos el transfer al aeropuerto, pero conseguimos llegar, acceder a la zona de embarque, y seguir con la compras en el duty free (cartón de Marlboro: 30 dolares, cartón de Camel: 15 dolares, ¿adivináis qué compré por 30 dolares?).
Ya en el avión, notamos la diferencia entre el vuelo de ida, y el de vuelta: asientos multimedia, mantita y almohada que no picaba, el catering ligeramente mejor que el de Iberia... También os digo que, después de 15 horas sin fumar, estaba deseando llegar a Barajas y salir al aire caluroso que nos esperaba, porque aunque despegamos de Santiago con 5 ó 6 grados invernales, llegamos a Barajas con sus 40 o 41 del verano.

Y aquí acaba la serie de post sobre nuestro viaje veraniego de 2010. Hoy no hay consejo, que bastante brasa os he dejado para leer.

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