jueves, 19 de junio de 2008

08/Junio/2008 - La ley innata

Ayer tuvo lugar el concierto de Extremoduro en Getafe. Robe cantó un par de canciones del nuevo trabajo (“La ley innata” creo que se llama, y saldrá “en julio o septiembre” en palabras de Robe) y casi todos los clásicos básicos de Extremo. Woho se pegó el sólo final, 20 minutos más o menos, entre aplausos y los golpes del batera. Han estado aprovechando este tiempo, no en salir, beber y el rollo de siempre, sino en aprender a escribir y tocar mejor si cabe. La letra de la nueva canción que tocaron (además de la colgada en la web oficial -> www.extremoduro.com) me pareció bastante buena, habla de que la culpa de los males del mundo la tenemos los hombres, ojo, no la humanidad, sino el género masculino. Habrá que esperar que salga el disco para escucharlo (nada de compras, Extremoduro está afiliado a la Suciedad Generalizada de (otrora)Autores y Espabilados, así que si quieren ganar más perras, que hagan más conciertos).

El concierto en sí, brutal, pero lo peor fue la organización en los accesos de entrada y salida del campo de fútbol, sobre todo a la salida, por parecer aquello un vertedero.

La anécdota particular corre de mi cuenta (que es gratis, vamos): en mitad de uno de los pogos perdí la zapatilla derecha. Mientras alguien sin identificar me pisaba la deportiva en cuestión, la masa me empujó como 10 metros hacia atrás. Lo primero que pensé fue “y ahora volver a casa descalzo” cuando otro pensamiento, más sobrecogedor, me paralizó “y ahora a aguantar hasta el resto del concierto a la pata coja”. No me molaba nada ninguna de las 2 (dos) perspectivas, así que opté por sacar el mechero/linterna regalo de mi estanquera, y empezar una búsqueda desesperada y doble: mi zapatilla por los suelos, y el resto de mis colegas por los alrededores. Fui preguntando a la gente que me miraba extrañada al verme con la linterna enfocando al suelo “habéis visto una zapatilla como ésta, pero del otro pie”, y otras cosas por el estilo. Un buen muchacho me dijo que había visto una hacia el escenario “pero está a tomar por culo, suerte”. Culebreando entre la gente, parecía una parodia de detective, siguiendo entre los culos de los asistentes la pista hacia la zapatilla perdida. Encontré antes a mis colegas, y tras contarles la odisea, quiso Jesucristo García que no me fuera descalzo: entre los perniles de la muchachada, avisté un objeto familiar. Allí estaba mi zapatilla, sóla pero entera. La alcé entre los seguidores de “La vida de Brian”, para regocijo general (y mío en particular).

Más anecdotario: el camelback del Decarthon pasó las medidas de seguridad portando 2 litracos de calimotxete (al principio fresco y al final con el sabor del vinacho potenciado por el calor); me encontré con mi primo mientras buscábamos a Javi, Rober y Paula, que a su vez buscaba a sus colegas; mientras hablaba con Javi por teléfono se me acerca una chica para preguntarme si mi colega es uno que está cercano al coma etílico-drogadizo, tirado junto a una verja (tía, si mi colega me está respondiendo al teléfono, éste no puede ser porque no puede siquiera sujetarse la cabeza); Fernando confundió a Miguel con una tía y le pasó la boquilla del camelback, la niña me mira y le digo “te ha confundido con un colega, pero si quieres beber es cali”...

En fin, un concierto para no olvidar (de momento).

El conejo... digo, el consejo de hoy es: consigue un camelback para el próximo concierto al que vayas a ir (si es un festival podrás reutilizarlo sin temor a morir si lo aclaras tras cada uso), puedes pasar bebida al recinto y evitar que te sangren cada vez que tengas sed sin levantar sospechas.

Un etílico saludo a todos, desde el trabajo que acabará con la resaca (¿o era al revés?)
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